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Encuesta sobre Cocaína en Energy Control

Escrito el 31 Mayo, 2008

Energy Control

En la web de Energy Control han habilitado una encuesta sobre el consumo de cocaína, es totalmente anónima.

Esta encuesta viene acompañada de un archivo en en PDF que es aconsejable leer antes de contestar.

Pásate por su web y cumplimenta la encuesta.

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San Canuto 2008. Universidad Autónoma Madrid

Escrito el 17 Enero, 2008

San Canuto 2008 UAM

 

El 17 de enero se celebra San Canuto en la Universidad Autónoma de Madrid como todos los años se estará todo el día.
Información y videos de otros años:

YouTube Preview Image

Y el sábado 19 se celebra el Santo

El traslado de San Canuto

Grupo de Activistas de Madrid convocan esta accion para san canuto en la plaza Santa Ana

Acude y difunde

Os invitamos a la Plaza de Santa Ana el día 19 de enero a presenciar el “Traslado de San Canuto” a partir de las 21:00 h.
Se trata de una acción ciudadana para hacer pública nuestra postura sobre las actuales políticas de drogas.
Sabemos que ese día la imagen de San Canuto será trasladada de un lugar a otro de Madrid. Entre las 21:00 h. y las 22:30 h. pasará por la Plaza de Santa Ana portado por los costoleros. Cuando el santo esté en el centro de la Plaza todos acudiremos a su encuentro para frenar el avance de la cofradía. Durante diez minutos construiremos una zona temporalmente autónoma que servirá para como plataforma para lanzar nuestros mensajes a favor de otra política sobre las sustancias enteógenas (llamadas por ellos drogas).

Modo de actuación:

Ve a la Plaza de Santa Ana acompañado de un grupo de amigos (metro: Sol, Antón Martín, Tirso de Molina o Sevilla).
Confúndete con los transeúntes que pasean la plaza. Puedes tomarte unas cañas o disfrutar de ella como el resto de los ciudadanos.
En el centro de la plaza habrá un grupo con pancartas. Es importante que este grupo no sea de más de veinte personas. Salúdales y sigue con tu paseo.
En un determinado momento aparecerá la imagen de San Canuto portada por sus costoleros. Cuando se encuentre a la altura del grupo se dará un aviso con megáfonos para ir hacia el santo y frenar su avance. Sólo durante diez minutos.
El final de la acción será avisado desde la misma megafonía.
Lleva tu teléfono móvil. Graba la acción y cuélgala en youtube.

Esperamos contar con tu colaboración para lo cual es importante que sigas adecuadamente las instrucciones que te proponemos. Paz y Porros.
No más multas.

ACUDE Y DIFUNDE LA INFORMACION SI CONOCES A COLEGAS QUE LES INTERESE IR

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Informe Euskadi y drogas 2006

Escrito el 13 Enero, 2008

Ha sido publicado Informe Euskadi y drogas 2006, del Observatorio sobre Drogas del Gobierno Vasco.

Aparte de reflejar descensos similares en los consumos a los de las encuestas del PND y aumentos en la edad media de inicio, especialmente entre los más jóvenes, el informe está elaborado desde una perspectiva muy distinta a los de otras instituciones. Por ejemplo, en lugar de considerar todo consumo como catastrófico y como un camino inexorable hacia la autodestrucción los expertos en drogas del Observatorio Vasco dedican bastante espacio a destacar cuestiones como el abandono espontáneo del uso de drogas al llegar a determinadas edades o a determinar cuántos de los consumidores hacen un uso excesivo de las diversas drogas. Los resultados son de lo más revelador, y uno no puede por menos que preguntarse por qué otros organismos, nacionales y autonómicos, no adoptan un punto de vista similar, dado que no puede haber mucha diferencia entre autonomías o a nivel nacional con estos resultados. Queda claro que otra política informativa sobre drogas es posible, y que el alarmismo, la distorsión sistemática de los datos y el permanente recurso al miedo que practican agencias como la que sufrimos en la Comunidad de Madrid deberían cesar inmediatamente.
Vía: Alejo Alberdi en Energy Control

Este informe se añade a la sección Debatiendo.

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Toxicomanías

Escrito el 7 Diciembre, 2007

 

En sentido literal, etimológico, las toxicomanías son conductas relacionadas con ciertos tóxicos, cuyos efectos euforizantes tientan poderosamente a algunas personas. La palabra manía es en griego clásico un término sumamente ambiguo, que significa unas veces “extravío”, otras veces “inspiración”, y otras “entusiasmo”. Pero el uso actual del término no tiene connotación positiva, y el Diccionario editado por nuestra Academia de la Lengua ofrece tres acepciones básicas: “1.Especie de locura, caracterizada por delirio general, agitación y tendencia al furor. 2.Extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determinada. 3.Afecto o deseo desordenado.” Tóxico, del latín toxicum, es una palabra no ambigua, que significa “veneno”.

Evolución histórica.

En sentido jurídico, y en el habla común, la toxicomanía se liga a las drogas ilícitas llamadas estupefacientes (narcotics). Dicho criterio informa el derecho internacional desde el Convenio de Ginebra de 1931, que por primera vez atribuye a los Estados, y a la Liga de Naciones, “luchar contra la adicción”. Este Convenio incluía inicialmente tres drogas (derivados del cáñamo, derivados del opio y derivados del arbusto del coca), a las que luego se incorporarían muchas más, tanto naturales como sintéticas y semi-sintéticas. Todas ellas son, por imperativo legal, estupefacientes “toxicomanígenos” o generadores de adicción.

Es interesante constatar que lo evidente hoy -para el legislador y para buena parte de la población- no lo fuese en ningún momento histórico previo, aunque el cáñamo, el opio y la coca hayan sido plantas conocidas y empleadas inmemorialmente. La civilización sumeria, la egipcia y la grecorromana usaron con gran generosidad el opio -hoy considerado droga adictiva por excelencia-, sin dejar testimonio escrito sobre ningún opiómano. El dato es tanto más notable cuanto que esta droga se usaba muchas veces a diario -en las famosas triacas o antídotos-, sencillamente como tónico preventivo de diversas dolencias. Lo mismo puede decirse de las culturas asiáticas a propósito del cáñamo, y de las americanas a propósito de la coca.

Los antiguos tomaban o no esas sustancias, en mayor o menor cantidad, pero la costumbre de consumir una droga -por razones recreativas, religiosas o terapéuticas- no se distinguía de cualquier otra costumbre, no suscitaba inquietud social y no interesaba lo más mínimo al derecho ni a la moralidad establecida. La única excepción a esta regla son -en Eurasia- las bebidas alcohólicas, que sí generaron discusiones teóricas, reproches éticos e incluso persecución. Para algunas religiones (como la brahmánica, la budista y la islámica), alcohol es sinónimo de oscuridad y mentira, y la regla mahometana decreta apaleamiento para quien sea hallado borracho. La filosofía griega discutió abundantemente en torno al vino, “don de Dioniso”, argumentando algunos que era básicamente una maldición, y otros “presididos por Platón- que otorgaba entusiasmo sagrado. A diferencia de los pueblos germánicos, que toleraban la embriaguez de mujeres y hombres jóvenes, la cultura grecorromana prohibía severamente su uso en tales casos; en tiempos de Tarquino el Grande, por ejemplo, una dama fue condenada a morir de hambre tras descubrirse que tenía las llaves de una bodega. Severísima fue la represión del culto báquico en la Roma republicana “entre el 186 y el 180 a.C.-, que supuso exterminar a unas diez mil personas, si bien el trasfondo del caso sugiere que además del escándalo producido por ritos orgiásticos había razones de conveniencia política, que poco después desembocarían en las primeras guerras civiles.

Por lo que respecta a las otras drogas, el criterio de la antigüedad grecorromana y asiática lo describe ejemplarmente la Lex Cornelia de sicariis et veneficiis (”ley Cornelia sobre homicidas y envenenadores”), que estuvo vigente desde tiempos republicanos hasta el fin del Imperio: “Droga es una palabra indiferente, donde cabe tanto lo que sirve para matar como lo que sirve para curar, y los filtros de amor, pero esta ley sólo reprueba lo usado para matar a alguien sin su consentimiento”.
Ulteriores informaciones sobre uso de sustancias psicoactivas desaparecen casi por completo hasta el siglo XIII. Es entonces cuando se han difundido los primeros aguardientes (generando grave inquietud tanto en Europa como en China), cuando comienza la cruzada contra las brujas (a quienes se acusa de “tratos con hierbas y pócimas diabólicas”), y cuando se opera un giro hacia el fundamentalismo farmacológico en el mundo islámico (que busca prohibir café, opio y haschisch). Tras el descubrimiento de América -un continente sin tradición monoteísta, con culturas hechas a una rica variedad de drogas en contextos tanto religiosos como terapéuticos y recreativos-, la alarma ante este tipo de productos crece hasta finales del siglo XVII. En este momento empieza a cundir “gracias a humanistas, médicos y boticarios- un criterio laico, y el arsenal de sustancias conocidas pasa a considerarse materia médica, libre de estigma teológico y poder sobrenatural. Desde entonces, y hasta la segunda mitad del siglo XIX, seguimos sin hallar testimonios de toxicomanía o adicción, salvo casos de alcohólicos, tabacómanos y cafetómanos, que -por cierto- suelen recibir castigos crueles; Francisco I de Francia decreta pérdida de las orejas y destierro para los primeros, en Rusia los bebedores de café se exponen a perder la nariz si son descubiertos, y en Irán “como también en algunos puntos del norte de Europa- el tabaquismo se paga unas veces con tormentos y otras con pena capital.

La situación cambia después de modo notable, debido en parte a progresos de la química, y en parte a las repercusiones que tiene en Occidente el conflicto anglochino conocido como guerras del opio. En efecto, laboriosos trabajos de análisis y síntesis irán descubriendo los principios activos de las plantas, que ofrecen sustancias mucho más activas, cómodas de almacenar y fáciles de dosificar, en una secuencia que empieza con morfina y codeína (dos de los alcaloides del opio) y sigue con una larga lista (cafeina, teina, escopolamina, atropina, cocaina, mescalina, heroína, etc.). Cada vez más consolidada socialmente, la corporación terapéutica “formada por médicos, farmacéuticos y laboratorios- prefiere los principios activos a las formas vegetales, dentro de su batalla por lograr el monopolio en la producción y distribución de drogas, frente a los tradicionales herboristas, curanderos, cosmetólogos y drogueros, que andando el tiempo se presentarán como “matasanos”.

Por su parte, las guerras del opio son un fenómeno complejo, que no se explica pensando en una China donde el opio fuese desconocido, y movida a importarlo por las potencias occidentales. Los chinos conocían las triacas grecorromanas desde el siglo X por lo menos, y usaban cocimientos de adormidera y opio propiamente dicho desde tiempo inmemorial Pero los emperadores manchúes –que acababan de imponerse mediante invasión, ocasionando las guerras civiles más sangrientas de la historia universal- decidieron prohibir el pago de transacciones comerciales con opio (al comienzo mediterráneo -mucho más rico en morfina-, y luego producido por los ingleses en grandes plantaciones situadas al sur de la India) para preservar el superávit de su balanza de pagos, exigiendo siempre metales preciosos a cambio. De ahí que empezaran prohibiendo la importación, y sólo bastante más tarde el cultivo en China, cuando la persecución de usuarios había producido ya un enorme mercado negro, y una generalizada corrupción.

Es interesante subrayar el divergente resultado que suscita un régimen de prohibición si se compara con el de indiferencia legislativa. Los usuarios chinos cotidianos de opio (unos tres millones, aproximadamente el 0,5% de la población) eran en una alta proporción personas desnutridas y laboralmente nulas. Durante el mismo periodo, en cambio, los usuarios indios cotidianos de opio (otros tantos, pero un porcentaje mucho más elevado de la población) no presentaban síntomas de degeneración física ni incapacidad laboral, hasta el extremo de que el ingente informe conocido como Royal Commission on Opium (1884-1896) concluye diciendo: “El opio en la India se parece más a los licores occidentales que a una sustancia aborrecible”.

Suele olvidarse, al hablar de las guerras del opio, que su consumo occidental era por entonces no ya superior sino muy superior al del lejano Oriente, pues -si bien empezaba a verse relegado por el uso de morfina y codeina- seguía siendo el tercer artículo más vendido por las farmacias. Con todo, en Europa y América sigue sin haber “opiómanos”, y en sus célebres Confesiones (1822-1845) Thomas De Quincey niega una y otra vez que esta droga cree “hábito imperioso”.
Los primeros casos de adicción a drogas distintas del alcohol, el café o el tabaco aparecen a propósito de la morfina, utilizada masivamente en la guerra civil americana y la francoprusiana, bautizándose allí como “mal militar” y “dependencia artificial”. La monografía médica pionera sobre este fenómeno, obra de Louis Lewin (que entonces firmaba como Louis Lewinstein), se publica en 1879 cuando la morfina lleva más de medio siglo vendiéndose libremente-, y es llamativo comprobar que la revista donde aparece el Journal der Allgemeine Medizin- publicará poco después un comentario de otro médico, que pone en duda el carácter científico de la expresión “morfinismo” pues “expresa una debilidad del carácter, y no algo causado por una sustancia química”.

Entre 1880 y 1920, cuando comenzarán las restricciones a su disponibilidad, el espectro sociológico del usuario regular de morfina indica que apenas interesa a sectores económicamente desfavorecidos. Aproximadamente un 50% son médicos o esposas de médicos y boticarios; el resto incluye personas acomodadas con “problemas de los nervios” o entregadas a la moda (el estilo “decadente” hacía furor), gente del teatro y la noche, damas de vida alegre, algunos clérigos y personal sanitario auxiliar. Sólo un 14% había decidido consumir esta droga por iniciativa propia, sin mediar el consejo de algún terapeuta o amigo, y más de un 80% sobrellevó dos, tres y hasta cuatro décadas de hábito sin hacerse notar por descuido doméstico o incapacidad laboral.

A finales de siglo llega a las farmacias el envase doble de una nueva y pequeña compañía farmacéutica, la Bayer, que ofrece al público dos sustancias analgésicas: ácido acetilsalicílico (Aspirina) y diacetilmorfina (Heroína). Poco después, en 1900, el Boston Medical and Surgical Journal declara que la heroína “posee muchas ventajas sobre la morfina [...] No es hipnótica, no hay peligro de contraer hábito”. La llamada píldora antiopio, que unos años más tarde exportan los laboratorios europeos y norteamericanos a China como tratamiento de sus adictos, contiene básicamente heroína también.

Esta política de sustitución (morfina por opio, heroína por morfina) seguirá funcionando desde entonces sin pausa (heroína por dextromoramida, dextromoramida por metadona, metadona por buprenorfina, etc.), aunque -a efectos del toxicómano- lo decisivo sean las condiciones de acceso a sus drogas. Ante el clamor prohibicionista, que desembocará en la Ley Volstead (también llamada Seca, por referirse a bebidas alcohólicas) y la Ley Harrison (equivalente suyo para opio, morfina y cocaína, más adelante heroina), en 1905 un comité especial del Congreso norteamericano calcula que en el país hay entre doscientas y trescientas mil personas con “hábito” de opiáceos y cocaína (aproximadamente un 0,5% de la población), dato “estremecedor” a juicio de los senadores. Con todo, estas drogas no sólo eran de venta libre (incluso podían adquirirse por correo, del mayorista), sino intensamente promocionadas mediante periódicos, revistas y publicidad mural, y había al menos cien bebidas bien cargadas de cocaina (entre ellas la Coca-Cola, y el no menos célebre entonces Vino Mariani). Lógicamente, no se conocían intoxicaciones involuntarias o accidentales -al tratarse de productos puros y bien dosificados-, ni delincuencia alguna vinculada a su obtención.

La etapa siguiente, donde todavía nos encontramos, irá surgiendo al ritmo en que Estados Unidos vaya consolidando su posición de superpotencia mundial, y exportando una cruzada contra las drogas. En vez de “hábito” habrá “adicción”, y en vez de “amateurs” -como decía el Comité antes citado- habrá “toxicómanos” (addicts). Un proceso con etapas precisas -que la sociología contemporánea describe como profecía autocumplida (Merton) y etiquetamiento (Becker)- transforma al usuario tradicional de euforizantes en una amalgama de delincuente y enfermo, movido a ello por los precios y la adulteración del mercado negro, por el contacto con círculos criminales y por la irresponsabilidad tanto social como personal que confiere el estatuto del adicto. Ocho décadas después de haber puesto en vigor leyes prohibicionistas, hay en Estados Unidos una proporción muy superior de personas con hábito de opiáceos y cocaina, en su mayoría laboralmente nulas, a quienes se atribuyen dos terceras partes de los delitos contra la propiedad y las personas.

 

La toxicomanía en sí.

Es habitual vincular vincular el hábito de drogas al acostumbramiento, que insensibiliza progresivamente al usuario, y explica por qué va consumiendo cada vez mayor cantidad del producto para obtener análogo efecto. Se habla así de un “factor de tolerancia” característico de cada droga, que puede ser más o menos alto. La cocaina, por ejemplo, tiene un factor relativamente bajo (los usuarios regulares podrían conseguir una estimulación parecida sin aumentar mucho su ingesta cotidiana), mientras la anfetamina tiene un factor relativamente alto (y sus usuarios regulares deben ir multiplicando las dosis a intervalos bastante más breves para mantener su nivel de estimulación). Otras drogas, del tipo LSD, exhiben algo definible como tolerancia máxima o instantánea, y si el usuario trata de usarlas sin pausa sencillamente dejan de hacer efecto en absoluto, aún consumiendo dosis enormes. Con todo, la idea de que las drogas se consumen abusivamente en función de su factor de tolerancia no puede aceptarse sin serias reservas. Aunque el factor de tolerancia en la cocaína sea relativamente bajo -si se compara con otros estimulantes-, ciertas personalidades abusarán de ella como si lo tuviera, y aunque el factor de tolerancia en los sedantes sea igual o superior al de la cocaína ciertos sujetos se mantendrán durante años y hasta décadas en el mismo (y prudente) nivel de dosis, mientras otros sujetos las incrementarán hasta exponerse a una lamentable depauperación psicosomática, y a duros síndromes abstinenciales. No sin fundamento, los farmacólogos griegos y romanos llamaban “familiaridad” al fenómeno de la tolerancia, considerando que “quita su aguijón al tóxico” (Teofrasto).

Para evaluar hasta qué punto una droga será usada o abusada convendrá atender al papel que desempeña en cada personalidad, lo cual sugiere una clasificación funcional. El primer grupo, que llamaremos drogas de paz, comprende compuestos de muy variada naturaleza química, con un no menos variable margen de seguridad (esto es, proporción entre dosis activa mínima y dosis mortal media), pero capaces de suprimir o amortiguar estados de dolor, temor o desasosiego.El tipo de paz que proporciona la borrachera alcohólica (o la de éter, cloroformo o barbitúricos) es una mezcla de desinhibición exterior y reafirmación interna, en cuya virtud el borracho se libera a la vez de autodesprecio y de apocamiento en relación con los otros. El tipo de paz que proporcionan analgésicos como la heroína o el opio no borra el sentido crítico, aunque anestesia en mayor o menor medida frente a dolores localizados (algias), y a la más inconcreta depresión. El tipo de paz que proporciona un hipnótico es el propio sueño, y el de un sedante una amortiguación general de la vida psíquica, cuya intensidad se experimenta en otro caso como excesiva. Por consiguiente, toda droga de paz contiene un elemento analgésico o anti-dolor, aunque cada una afecta a una modalidad distinta del desagrado.

La segunda clase de drogas comprende sustancias capaces de ofrecer brío o estimulación en abstracto, que potencian la vigilia, aumentan la resistencia ante el cansancio, reducen el apetito y combaten aquello que el proceso depresivo tiene de simple postración. Sus bases químicas son muy variadas, como sucede con las drogas de paz, y entre ellos están cafeina, cocaina, crack, efedrina, catina, anfetamina, Prozac y otros imaos (inhibidores de la monoaminoxidasa). El brío o estimulación que ofrecen puede durar desde media hora -caso del café o la coca- hasta diez o más horas -caso de la anfetamina-, e incluso varios días, pero en dosis medias y altas tiene siempre un rasgo de rigidez o envaramiento corporal, propenso a la taquicardia y la sequedad de boca, que explica su combinación con alcohol, opiáceos y tranquilizantes; de ahí el “carajillo”, combinación de café muy concentrado y coñac, hijo de la tradicional “agua heroica” (café con opio), o el speed-ball contemporáneo (cocaína con heroína).
La tercera clase de drogas incluye sustancias capaces de provocar una excursión anímica consciente, que potencia la percepción y la introspección al mismo tiempo. Apoyadas sobre bases químicas diversas también -alcaloides bencénicos e indólicos, ciertos aceites esenciales- los compuestos de esta familia incluyen diversos tipos de setas, cactos y otras plantas, así como substancias sintéticas (TMA, STP) y semisintéticas (LSD). Cuando el viaje es profundo, tiende a producir una experiencia que también se conoce como “pequeña muerte”, donde la persona recorre dimensiones de gran extrañeza, teme perder el juicio, se ve enfrentada a su finitud y suele resurgir fortalecida de todo ello. Eso explica que tales drogas se hayan usado tradicionalmente en contextos religiosos paganos, dentro de ceremonias de adivinación, reafirmación tribal y ritos de pasaje (a la madurez o a ciertos oficios, como el de chamán y guerrero), y que en su empleo moderno se vinculen a movimientos éticos y políticos, como la “contestación” de los años sesenta y setenta.
La sustancia de este tipo más consumida hoy es el cáñamo -en forma de marihuana y haschisch-, que constituye un vehículo visionario de potencia leve o media (dependiendo de su calidad), si bien induce en algunas circunstancias una excursión psíquica considerable.

A diferencia de las drogas de paz y las de pura energía, las de viaje pueden funcionar como afrodisiacos, ya que potencian el contacto sexual en cualquiera de sus fases, aunque bien cabe que su usuario no se sienta en absoluto inclinado a la concupiscencia, sobre todo si pertenece al género masculino. Aquello que las distingue más radicalmente de los otros dos grupos es su baja toxicidad; ninguna persona ha muerto -que se sepa probadamente- por sobredosis de hongos psilocibios, LSD, mescalina o marihuana. En realidad, su peligro no es que alguna víscera falle, sino que se extravíen los ánimos, induciendo trances de delirio persecutorio o disociación. Otra singularidad de las drogas visionarias es carecer de síndrome abstinencial, ya que la suspensión de su empleo no provoca ningún cuadro clínico objetivable, ni sensaciones subjetivas de malestar.

En tiempos recientes se ha querido explicar la toxicomanía como algo derivado de que alguien haya consumido una droga, en vez de ligarla a ciertos temperamentos (que se conducirán “adictivamente” con muy variadas cosas, como el ludópata, el cleptómano, el bulímico o el comprador compulsivo). Estos individuos exhiben unos trastornos de conducta que antiguamente se consideraban vicios, y hoy se catalogan como enfermedades. Sin embargo, hasta qué punto esa perspectiva es poco imparcial -y coherente- lo sugiere cualquier tratado de toxicología que se enseñe hoy en facultades de medicina o farmacia, pues allí el consumo irracional de alcohol no se deriva de la naturaleza de esta droga sino de personalidades determinadas, mientras el consumo irracional de heroína o crack parece derivarse de la heroína o el crack mismo. Pasa así por objetividad científica que las personas llegan a depender vitalmente de una droga sin quererlo o casi sin quererlo -alguien les ofreció cierta vez una dosis, quedando “enganchadas” desde entonces-, y que su hábito no viene tanto de requerir paz o energía en medida comparativamente descomunal, sino de lo insufrible que resulta atravesar el síndrome de abstinencia.

A pesar de que estos tópicos prosperen -y sean consoladores para padres y madres de toxicómanos-, ciertos hechos parecen desmentirlos. A juzgar por la proporción de recaídas, la droga más adictiva descubierta es el tabaco. A juzgar por la gravedad del síndrome abstinencial, las más adictivas son el alcohol y ciertos somníferos (especialmente los barbitúricos), pues la brusca suspensión de su empleo induce delirios pavorosos y muy prolongados, seguidos por un considerable porcentaje de muertes. En realidad, qué tóxico sea objeto de “manía” deriva ante todo de qué vida esté llevando cierto sujeto, y qué psicoactividad busca (por carácter y por influencia de su medio). El adicto clásico de heroína, colgado de una aguja, escenifica cierto “algebra de la necesidad” (Burroughs) que llena un desasosegado vacío anímico previo, tal como el adicto habitual de crack es un joven negro norteamericano en paro, incapaz de asumir los desgarramientos de su condición.

A pesar de que hoy se ensayan tratamientos aversivos (administrando un compuesto que convierte en no-eufórico el efecto del euforizante), quienes investigan sus resultados a medio y largo plazo coinciden en que superar el ansia de una droga es esencialmente asunto de voluntad, y que si falta un sincero y firme deseo en ese sentido nada ni nadie podrá suplantarlo. A su vez, la voluntad de abandonar una toxicomanía depende de variables tanto fijas como móviles (nivel de ingresos, edad, medio social, temperamento). En términos generales, sólo una pequeña minoría entre quienes usan analgésicos o estimulantes (lícitos o ilícitos) llega a abusar de tales drogas, y persiste duraderamente en semejante actitud. Sin embargo, esa minoría suele mantenerse fiel al abuso, de las mismas drogas o de otras que cumplan análogas funciones.

No disponemos de baremos seguros para cuantificar semejantes porcentajes, pues las estadísticas distan de ser fiables. Los encuestados muestran una -comprensible- falta de franqueza al contestar preguntas sobre este tema, y las encuestas rara vez resultan ecuánimes. A dichos inconvenientes se añaden las incertidumbres del mercado negro, que no sólo impiden calcular el volumen de los suministros, sino su respectiva composición. Lo único seguro es que en el mundo actual muy pocas personas omiten tomar regular u ocasionalmente alguna droga psicoactiva, adquirida por canales lícitos o ilícitos.

 

Química y conducta.

Aunque sabemos todavía poco sobre la generación y transmisión de impulsos nerviosos, sí ha podido establecerse que el organismo humano sintetiza espontáneamente un buen número de drogas psicoactivas. Las más citadas son endorfinas o morfinas internas, que se liberan en situaciones de traumatismo y estrés, explicando por qué no duelen apenas los golpes y disgustos “en caliente”. A diferencia de los opiáceos exógenos (y concretamente de los opiáceos naturales o derivados del opio), que tardan algo más en actuar y mantienen su acción durante horas, los opiáceos endógenos operan de modo muy rápido y pierden eficacia en diez o veinte minutos. Pero el organismo sintetiza también diazepam (tranquilizante vendido bajo muchos nombres, entre otros Valium), que con sus inmediatos parientes químicos -las demás benzodiacepinas- representa la principal alternativa lícita en materia de sustancias relajantes, sedantes e hipnóticas. Lo mismo sucede con la dimetiltriptamina (DMT), una droga visionaria de gran potencia y efecto muy breve -base de la ayahuasca amazónica-, cuya liberación explicaría la emergencia de sueños mientras dormimos. En realidad, bien podría suceder que ninguna droga fuese psicoactiva sin un paralelo o correlato interior, espontáneamente producido, que funda la resonancia.

La química contemporánea sugiere, por ejemplo, que anfetamina y cocaína no son neurotransmisores o compuestos adaptados a llenar oquedades específicas de las neuronas -como sucede con la morfina, el THC (principio activo del cáñamo) o la adrenalina-, sino sustancias que bloquean al llamado “transportador” de dopamina, impidiendo que las neuronas queden libres para nuevas transmisiones. Algo parecido ocurre a propósito de cafeína, teína y teobromina (principio activo del chocolate), que bloquean la adenosina, un neurotransmisor implicado en desactivar excitación. Así mirados, los estimulantes más comunes serían tóxicos o venenosos en proporción al bloqueo que ejerzan sobre las zonas de sinapsis o transmisión, prolongando un estado de on cuando el organismo tiende a un estado de off. Más directa, la toxicidad de sustancias como el alcohol viene de deteriorar las membranas neuronales.

Una cuestión debatida es si las drogas de energía producen reacciones de abstinencia parecidas -mejores o peores- a las que produce una abstinencia de drogas analgésicas o de paz. En efecto, las drogas de paz tienen en común inducir síndromes carenciales de distinta gravedad (desde el delirium tremens de alcohol o barbitúricos al llamado mono de opiáceos o de benzodiacepinas), siempre que su usuario las haya tomado en dosis suficientes, durante periodos de tiempo lo bastante largos. Por ejemplo, aunque haya amplias diferencias entre individuos, se considera que bastan entre dos y tres semanas de tomar diariamente 25 miligramos de heroína (un cuarto de gramo del producto habitual en el mercado negro) para que la retirada induzca en un neófito síntomas parecidos a los de una gripe sin fiebre durante dos o tres días, mientras en el caso de las benzodiacepinas ese resultado se puede conseguir -en un plazo doble- con dosis bastante menores.
El alcoholismo exige periodos mucho más prolongados -al parecer, no menos de medio año-, pero su síndrome abstinencial es considerablemente más grave. Por supuesto, el síndrome será siempre proporcionado al nivel de dosis, y quien lleve años consumiendo grandes cantidades de heroína o Valium padecerá una reacción mucho más larga y penosa.

En el caso de las drogas que ofrecen energía cabría pensar que no hay tanto un síndrome de abstinencia como un estado de puro agotamiento psicofísico, pues los estimulantes no tienen receptores o “cerraduras” orgánicas que puedan saturarse con “llaves” como los opiáceos o las benzodiacepinas, y operan prolongando artificiosamente la presencia de algún neurotransmisor. Sin embargo, ninguna droga produce síntomas de retirada tan deprisa como el café (bastan seis días de tomar al día cinco “exprés” para que la interrupción induzca neuralgia, confusión, incapacidad para concentrarse, insomnio e incluso temblores), y quienes abusan de estimulantes más activos atraviesan reacciones abstinenciales espectaculares, presididas por un caos emocional e intelectual que puede prolongarse durante semanas y meses, e incluso desembocar en una demencia crónica.

 

Bibliografía

L.S.Goodman y A.Gilman: The Pharmacological Basis of Therapeutics: A Textbook of Pharmacology, Toxicology and Therapeutics for Physicians and Medical Students, Macmillan, Nueva York, 1982.

J.Cooper y otros, The Biochemical Basis of Neuropharmacology, Oxford University Press, Nueva York, 1991.

J. Ott: Pharmacophilia, or the Natural Paradises, Natural Products, Washington, 1997.

J.C.Usó: Drogas y cultura de masas, Taurus, Madrid. 1996.

E. Ocaña, El Dioniso moderno y la farmacia utópica, Anagrama, Barcelona, 1994.

A.Escohotado, Historia general de las drogas, Alianza, Madrid, 1998 (3 vols.).

A. Escohotado, Aprendiendo de las drogas, Anagrama, Barcelona, 1998.

 

Artículos publicados 2003

http://www.escohotado.org

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No más multas por cannabis: paisaje después de la batalla

Escrito el 24 Noviembre, 2007

No más multas por cannabis: paisaje después de la batalla

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Isaura Navarro, de IU, único voto a favor de la reformaLa votación del Congreso para terminar con las multas se habrá perdido, pero desde luego que el esfuerzo no ha sido estéril. Decir que ha sido sólo una batalla y queda bastante guerra por librar puede sonar a excusa, pero si alguien cree que la Ley Corcuera (o la prohibición, ya puestos) va a durar otros 15 años, debería hacérselo mirar. No han sido pocas las ventajas de la iniciativa de IU. Aparte del intensísimo debate que ha generado la noticia, quizás el logro más importante haya sido el de poner en primer plano de la actualidad política la cuestión del cannabis, sistemáticamente relegada por los medios de comunicación a las páginas de salud, sucesos o sociedad.

Esta vez ha sido imposible pasar por alto la dimensión política. Se ha confirmado que la tendencia del PP a la exageración apocalíptica es ya una de las señas de identidad del primer partido de la oposición. Se ha visto la actitud cobarde y conformista de CiU y PNV, partido este último que votó en otro sentido en el pasado (y que mantiene una política de drogas muy alejada de la del gobierno central). Y han quedado de manifiesto, más que nunca, la doblez, el oportunismo, la incoherencia y la falta de coraje del Partido Socialista, que no ha querido resolver el problema creado por uno de sus ministros más infames.

Han corrido ríos de tinta con las idioteces de Ana Belén Vázquez, pero Antonio Hernando, del PSOE, no le fue a la zaga en cuanto a desprecio por la verdad y la lógica:

Antonio Hernando, mentiroso y manipulador: llegará lejos«Antonio Hernando explicó durante el debate que la proposición que votó entonces su grupo "no tiene nada que ver" con la presentada por Navarro, y que los socialistas la apoyaron "con muchas cautelas". Además, indicó que, en la actualidad, "muchos más juristas" están a favor sancionar la "tenencia o consumo de pequeñas cantidades de droga".»

Con cautelas o sin ellas, el PSOE pidió en 1999 el fin de las multas por tenencia (*.pdf de la intervención). Es cierto que no fue así en el caso del consumo público, pero una verdad a medias es una mentira. Peor es lo del apoyo de los juristas a las multas, afirmación que debería ir acompañada de datos, y nuestros datos (al menos sobre el País Vasco) indican todo lo contrario. Pero aún hay más de Hernando: «más que legalizar las drogas, hay que prevenir desde los cimientos, como se ha hecho con la ley antitabaco».

Uno no sabría decir qué es más sorprendente, si el absurdo e inexistente nexo que estableció Hernando entre la prevención y la represión o la comparación con la ley antitabaco que, a diferencia de la ley Corcuera, no castiga con multas cualquier consumo público ni la mera tenencia. Por lo demás, ni él ni la delirante pepera parecen haber entendido que esta sesión no tenía la más mínima relación con la "despenalización" ni mucho menos con la "legalización".

Otra política cannábica es posible y necesariaPor cierto que, quitando honrosísimas excepciones, la inmensa mayoría de los medios de comunicación se han propinado un buen mordisco en su decreciente prestigio (o creciente desprestigio) al desinformar sistemáticamente sobre lo que se ventilaba en el Congreso. Algunos titulares particularmente llamativos y en orden de menor a mayor en cuanto a tendencia al disparate:

El Congreso rechaza despenalizar el ’cannabis’
El Congreso mantiene como delito el consumo de cannabis

El Congreso rechaza aprobar la legalización de las drogas
Los comunistas no consiguen legalizar las drogas

Con lo sencillo que habría sido hablar del fin de las multas y no sembrar tanta confusión, pero lo que es sencillo para el común de los mortales no parece serlo para el grueso de nuestra clase periodística. Las excepciones de las que hablábamos antes -y a pesar de algún error en los titulares a cuenta de la imaginaria "legalización":

El cannabis no sale de casa
Cuando Alonso y Conde-Pumpido ’querían’ a la ’marijuana’
El PSOE rechaza una ley para legalizar la tenencia de porros, pese a que hace años votó a favor

La televisión, empeñada como siempre en su fánatico silenciamento de este debate, ha hecho honor a su labor de manipulación. No tenemos noticias de que un solo informativo se hiciera eco de la votación del Congreso, y los chistecitos de Buenafuente no sirven para tapar este hueco. Con televisión o sin ella, con manipulación o sin ella, seguiremos dando caña hasta que caiga la estaca prohibicionista, empezando por esta maldita ley.

 

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[Libro] ¿Sabes lo que te metes?

Escrito el 24 Noviembre, 2007

¿sabes lo que te metes?

 

¿SABES LO QUE TE METES?

 

PUREZA Y ADULTERACIÓN DE LAS DROGAS EN ESPAÑA

EDICIONES AMARGORD

ISBN: 978-84-87302-65-3.

 

Autor: Eduardo Hidalgo, psicólogo, experto y master universitario en drogodependencias, es el coordinador de la sede de Madrid del grupo Energy Control, pionero en implantar estrategias de reducción de riesgos asociados al consumo de drogas en ámbitos recreativos. Colaborador de las revistas Cáñamo y Ulises, anteriormente había publicado los libros Ketamina y Heroína en la colección Psiconautica de esta misma editorial.

 

Reseña: El hecho de que las drogas controladas por la legislación internacional carezcan en la práctica de controles sanitarios y de calidad, determina que el usuario de sustancias psicoactivas prohibidas se vea incapacitado para saber a ciencia cierta que es lo que realmente está consumiendo. Ello da pie a que, al abordar el tema de la composición y adulteración de las drogas ilegales, las dudas razonables, los datos infundados, los rumores y los mitos puros y duros convivan en igualdad de condiciones con la información fidedigna, rigurosa, objetiva y contrastada.

Con la intención de paliar, en la medida de lo posible, esta situación, y tratando de arrojar un poco de luz al asunto, hemos recopilado los resultados de miles de análisis de laboratorio realizados durante años a muestras de las sustancias habitualmente más consumidas (cannabis, cocaína, éxtasis, heroína, speed, LSD y ketamina). Sin la pretensión ni la posibilidad de ser absolutamente concluyentes ni exhaustivos en lo que respecta a todas las cuestiones relativas al contenido de las drogas del mercado negro, creemos que los datos que ofrecemos ayudarán a que nuestros apreciados lectores estén en condiciones de hacerse una idea orientativa sobre la composición y adulteración de lo que se meten en el cuerpo. Buen provecho.

 

Nota Aclaratoria: El presente libro es una recopilación de documentos inéditos y de otros ya publicados con anterioridad en alguno de los monográficos sobre drogas de la colección Psiconáutica de Ediciones Amargord.

Los capítulos inéditos son los que tratan sobre la pureza y la adulteración de la cocaína, el éxtasis y el speed, aun cuando algunos de los datos que se ofrecen en ellos ya habían sido comentados previamente en una serie de artículos aparecidos en la revista Cáñamo. El capítulo sobre el cannabis es una ampliación y actualización del publicado en su día en Amargord y los que versan sobre la heroína, la ketamina y la lsd se han mantenido tal cual se editaron originalmente.

El interés que entre nuestros lectores despierta el tema que nos ocupa ha sido el motivo fundamental que nos ha llevado, aun a riesgo de repetirnos, a englobar en un mismo documento todos los textos que teníamos dispersos sobre la pureza y la adulteración de algunas de las principales drogas consumidas en nuestro entorno. Nuestra voluntad es la de posibilitar que la persona interesada pueda contar con un pequeño libro de consulta en el que queden recogidos todos los escritos que, desde nuestra editorial, estamos en disposición de aportar sobre esta temática. Esperamos que sea de su agrado.

 


De nuevo nuestro amigo Eduardo nos sorprende con un nuevo libro.

En el momento que le tenga en mis manos, pasaremos a leerle para poder realizar nuestro comentario.

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