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Fenomenología de las drogas [4] Hachís
Haschisch
Posología
Efectos subjetivos
Principales usos
Cuando es lo que fue durante milenios, el haschisch constituye una pasta formada por las secreciones resinosas de THC que se almacenan en las flores de la marihuana hembra. Hay básicamente dos sistemas para obtenerlo, de los cuales el primero (usado hoy en Nepal, el antiguo Tíbet y Afganistán) desperdicia una gran cantidad de sustancia psicoactiva, a cambio de no introducir nada distinto de la resina misma, y el segundo (usado hoy en Líbano y Marruecos) aprovecha hasta partes poco o nada psicoactivas.
El procedimiento oriental implica que el recolector se cubra parte del cuerpo con cuero y pase por entre las plantas maduras, frotándose con ellas. Lo que queda adherido al cuero se raspa con espátulas; es tan gomoso que basta darle forma en el hueco de la mano durante unos momentos para que adquiera un color muy oscuro; cabe agotar algo más la pura resina apretando las ramas una por una, y rasparse cada cierto tiempo las yemas y la palma de la mano. El haschisch obtenido por este procedimiento es muy aromático, suave para la garganta y de una potencia inigualable.
El procedimiento mediterráneo se basa en sacudir plantas ya secas, recogiendo la resina y el polvo mediante varios filtros. El primero, que puede estar formado por alguna rejilla metálica fina, deja pasar fragmentos vegetales considerables y tiene debajo otro, normalmente de alguna tela no muy densa, que criba nuevamente la mezcla; si el procedimiento es impecable, bajo ese filtro habrá otro, de seda, por el que sólo logran pasar las partículas de resina pura. Este último producto, que se oscurece de inmediato en las partes expuestas al contacto con el aire, es una pasta gomosa llamada «00» y constituye un haschisch de extraordinaria calidad. Lo que ha quedado retenido en el segundo filtro se conoce como «primera», y lo que no atraviesa el primero se conoce como «segunda». Aquello que no se ha desprendido de las plantas en las sacudidas iniciales puede ser golpeado de nuevo, y lo que entonces se recoge en el segundo filtro -evidentemente, nada atraviesa el último- se conoce como «tercera». En Líbano se practica una técnica algo distinta, y el sistema marroquí ha dejado hace tiempo de ser el que era; a menudo los cedazos han quedado reducidos a uno solo, y el polvo se aplasta para que los cruce, en vez de dejar que opere la simple fuerza del peso.
Como consecuencia, la proporción de pura resina (rica en THC) es tan pequeña que no basta para aglutinar la masa, y deben hacerse uno o varios prensados. Hoy es habitual aumentar el peso añadiendo otra planta pulverizada (llamada allí henna), y para hacer imperceptible la cantidad de elementos ajenos a la resina el material se trata con ingredientes adicionales -como goma arábiga, clara de huevo, leche condensada, etc.- que le confieren color oscuro y cierta pegajosidad. De hecho, el mejor haschisch marroquí disponible actualmente suele ser la llamada «tercera», conocida también como polen, que posee color marrón claro (inalterable al entrar en contacto con el aire, signo de proporciones mínimas de THC) y se desmigaja al calentarse.
Aparte del perfume, y no irritar garganta ni bronquios, un haschisch afgano elaborado a la antigua puede ser cuarenta o cincuenta veces más potente que el marroquí consumido hoy en Europa. Asestando el golpe de gracia a la calidad de su producto, los cultivadores de Ketama suelen secar sus plantas al sol, cuyos rayos convierten el ya muy escaso THC en CBD (cannabidiol), una sustancia que en vez de suscitar excursión psíquica promueve aturdimiento.
Posología
Teniendo en cuenta las enormes diferencias de concentración, es inútil hablar de toxicidad. En principio, el haschisch contiene proporciones mucho más altas de THC que la marihuana, y es por eso mismo mucho más tóxico. Sin embargo, el único caso que registra la literatura científica de envenenamiento se produjo a finales del siglo XIX en Francia, cuando un producto de inmejorable calidad fue ingerido por cierto médico en cantidades descomunales, superiores a los 30 gramos de una vez. Recordemos que Baudelaire, Gautier, Hugo, Delacroix y demás miembros del Club des Haschischiens comían lo que cabe en una cucharita de té, y que no era resina pura sino mezclada con mantequilla, miel y pequeñas cantidades de opio; en definitiva, la dosis no podía superar 2 ó 3 gramos del llamado «00».
La toxicidad es bastante mayor comiendo el producto que fumándolo. De hecho, fumando es prácticamente imposible siquiera una intoxicación aguda (y mucho menos una intoxicación mortal), ya que las vías respiratorias no admiten más a partir de cierto punto, con violentos accesos de tos, y se producen a la vez estados de sopor. Por vía oral sí son posibles intoxicaciones graves, aunque dependen de la pureza del producto; si es de calidad impecable, el margen de seguridad resulta relativamente pequeño, pues medio o un gramo son dosis mínimas y a partir de diez pueden aparecer complicaciones orgánicas (así como colosales «viajes»); si es de calidad deleznable, el margen quizá sea mucho mayor, pero los adulterantes rara vez son inocuos y pueden causar daños imprevisibles. Por vía inhaltoria, en cambio, es sin duda mucho menos tóxico el haschisch puro que el adulterado; no se han hecho investigaciones sobre los efectos en bronquios y pulmones de alquitranes derivados de la henna, goma arábiga, leche condensada o clara de huevo, aunque cabe sospechar que serán lamentables.
Una forma sencilla de detectar estos adulterantes es hacer uso de boquillas hoy generalizadas para reducir inhalación de nicotina y alquitranes del tabaco. Dependiendo de las variedades de tabaco -con o sin filtro, más o menos altos en nicotina y alquitrán-, estas boquillas se cargan de una pasta negruzca tras fumar entre seis y quince cigarrillos. Cuando al tabaco se añade haschisch, la saturación de la boquilla resulta más rápida, pero cuando el haschisch (sea cual fuere su calidad básica, del «00» a la «tercera») contiene goma arábiga y cosas análogas basta una chupada para atascar completamente el paso de la boquilla; eso sugiere hasta qué punto la mezcla puede ocluir alveolos respiratorios. Además, los miserables que realizan manipulaciones semejantes suelen añadir mínimas cantidades de buen haschisch, que perfuman gratamente la mezcla, y prensan con habilidad el producto para que parezca una variedad selecta. Su negocio podría prosperar algo menos si los compradores fuesen provistos siempre de boquillas nuevas, para determinar al instante qué tipo de mezcla están adquiriendo.
El fenómeno de tolerancia aparece a los tres o cuatro días de uso continuo, y desaparece con uno o dos de privación. Al igual que en cualquier otra droga psicoactiva, la insensibilización no sólo implica falta de ciertos efectos característicos de la ebriedad, sino una sensación de leve desasosiego, correspondiente a esperar algo que no llega. Como no hay nada parecido al síndrome abstinencial de los apaciguadores, ni al colapso psíquico de los excitantes, falta el alivio de postergar una catástrofe. Simplemente, aquello apenas funciona como ebriedad, y lo poco que funciona no concierne a su parte «divertida» (risas, cambios en vista, oído, tacto, olfato, gusto y sensación del propio cuerpo), sino a la parte «grave», que potencia una lucidez desengañada de juegos.
Efectos subjectivos
Comparado con la marihuana, el haschisch resulta más reflexivo. Lo jovial y lúdico no desaparece, pero ocurre a un nivel menos epidérmico. Si la calidad del producto es excelente, puede producir experiencias visionarias sólo sospechadas usando marihuana, sobre todo cuando es administrado por vía oral. Incluso a través de pipas, sin mezcla de tabaco, ofrece con bastante claridad tres momentos sucesivos: el inicial de risa y extraordinaria agudeza para lo cómico, el intermedio de modificaciones sensoriales y el final de iluminación, donde cada individuo alcanza el grado de claridad que por naturaleza -y situación particular- le corresponde.
Aunque su potencia introspectiva supera con mucho a la potencia de la marihuana, es frecuente que los sujetos atraviesen esas fases sin reparar en ello. Los derivados del cáñamo tienen como rasgo común exacerbar la personalidad del individuo en todos sus aspectos, y hace falta un esfuerzo de atención -por no decir un grado de desprendimiento personal- para aprovechar la oportunidad de mirarse desde fuera. Buscar el autoconocimiento es menos común que aprovechar pretextos para la desinhibición, y por eso algunos usuarios de haschisch y marihuana son arrastrados a escenificar disposiciones reprimidas. Baudelaire cuenta la anécdota de aquel magistrado inflexible que «comenzó a bailar un indecente can-can cuando el haschisch se apoderó de él», y he visto no pocos casos parejos, ligados siempre a formas hipócritas de virtud que, al derrumbarse, propician ridículos como los del mal vino.
Sin embargo, está fuera de duda que los derivados del cáñamo aumentan -envez de reducir- la actividad cerebral, y está fuera de duda que reducen la agresividad. El gato no ataca al ratón si está sometido al influjo del haschisch, y cuando un ser humano -como ha acontecido- pretende que se le aplique una eximente penal por asesinar a otro bajo la influencia de esta droga está proponiendo a sus jueces una incongruencia. Como aclaró Baudelaire, «hay temperamentos cuya ruin personalidad estalla», pero no porque haya actuado sobre ellos algo que asfixia su discernimiento, sino porque al ser potenciado «emerge el mostruo interior y auténtico.»
Naturalmente, los efectos del haschisch excelente y el haschisch degradado a aspecto de tal son muy distintos. Las variantes adulteradas no harán que jueces puritanos se lancen al striptease, aunque puedan propiciar bronquitis mucho antes. Aparte de la concentración de THC y sus isómeros activos, quizá la distinción básica deba establecerse entre uso ocasional y uso crónico. El ocasional asegura sorpresas en la experiencia, pues la falta de familiaridad levanta diques de contención montados por el hábito. El uso crónico no asegura tampoco experiencias controladas, ya que eso depende de topar o no con variedades potentes; pero a cambio de la familiaridad tiende a quedarse con la parte sombría o depresivamente lúcida del efecto.
Un tratado médico chino del siglo I, que pretende remontarse al legendario Sheng Nung (3.000 a.C.) asevera:
«Tomando en exceso tiende a mostrar monstruos, y si se usa durante mucho tiempo puede comunicar con los espíritus y aligerar el cuerpo. Desde luego, la diferencia entre ver mosntruos y comunicarse con los espíritus depende ante todo del usuario. Quien se busque a sí mismo allí tiene más oportunidades de topar con realidades que quien intente olvidarse de sí.»
Principales usos
Aparte de sus empleos estrictamente terapéuticos -donde muchas veces no se requieren dosis psicoactivas-, el cáñamo en general y el haschisch en particular tienen usos recreativos y de autoconocimiento similares a los de la marihuana. La analogía, sin embargo, no debe pasar por alto que el haschisch es menos alegre. Si se fuma todos los días, empezando ya por la mañana, al modo en que algunos toman café y otras drogas, ni siquiera grandes cantidades producirán cosa distinta de un zumbido lejano, no necesariamente embrutecedor pero desprovisto de eficacia visionaria. Sumado al tabaco, contribuirá a la bronquitis.
Entre los que empezamos a fumar regularmente hace tres décadas, bastantes han reducido mucho las tomas, e incluso dejado de consumir por completo, alegando efectos depresivos. Esto es más usual todavía -si la experiencia no me engaña- entre personas del sexo femenino, aparentemente más interesadas por estimulantes abstractos o drogas de paz. Influye también muy notablemente la progresiva degradación del producto. Es un hecho que el empleo crónico, sobre todo antes de dormir, reduce o suprime sueños, y que saltar de la cama al día siguiente cuesta más.
Por lo que a mí respecta, tiendo a seguir fumando todos los días, aunque casi siempre después de cenar. Combinado con algunos vasos de cerveza, uno o dos cigarrillos hacen el efecto de un hipnótico suave, y suelo emplear el tiempo que media antes de sentir somnolencia en el repaso de trabajos, o en lectura. La capacidad de esta droga para presentar aspectos inusuales de las cosas me sigue pareciendo útil a efectos de matiz expresivo y comprensión. Por supuesto, cuando el producto carece de calidad sencillamente no consumo. Aunque en ciertas épocas he fumado durante años enteros, empezando cada día con una pipa al despertar, siempre me ha sorprendido la falta de cualquier reacción parecida a la abstinencial. No puedo incluir entre los efectos de la abstinencia que falte la suave inducción al sueño, pues esa inducción deriva del propio haschisch, y lógicamente falta cuando falta su causa.
Para terminar, podrían decirse unas palabras sobre el llamado aceite, que se obtiene tratando haschisch en retortas con alcohol. La pureza de este producto depende de las veces en que es vuelto a refinar, y cuando alcanza su punto máximo el resultado es un líquido ambarino que contiene una concentración muy alta de THC; basta entonces una gota para inducir experiencias de notable intensidad. Sin embargo, lo normal es que el aceite sea una especie de alquitrán muy viscoso, que se mezcla con tabaco e induce efectos parecidos a pasteles o tortas hechos con haschisch de baja calidad, esto es, una ebriedad densa y prolongada aunque poco sutil, con el cuerpo pesado y la cabeza también. Sospecho que los pocos casos de envenenamiento agudo atribuidos a haschisch se debieron a distintos aceites, cuya toxicidad no es despreciable.
Tuve ocasión de comprobar su potencia hace más de década y media, cuando tres amigos ingerimos una cantidad excesiva (pensando que no lo era), y fuimos a visitar la pinacoteca vieja de Munich. Pasaron casi dos horas sin efecto, y de repente aquello empezó a impregnarnos. El aire se pobló de pequeños seres en suspensión, como si estuviéramos dentro de grandes peceras hasta entonces invisibles, surcadas por fogonazos de luz intermitente, mientras los retratos y paisajes no sólo emitían el calor humano de personas vivas sino música adecuada a sus tonos de color. Recordé inmediatamente los comentarios de Baudelaire y Gautier sobre transformación de formas en sonidos, mientras una progresiva inmovilidad iba haciendo presa de nuestros cuerpos; a mí, por ejemplo, me resultaba imposible sacar la mano de un bolsillo de la chaqueta, y comprobé que mis amigos se habían sentado en las distintas salas, perfectamente quieto cada uno frente a un cuadro. Conseguí llegar a una sala con varios Rubens (entre ellos Cristo y María Magdalena) y algún Durero, atónito ante los cambios perceptivos, cuando el tiempo sencillamente se detuvo y hube de tomar asiento también. Las pinturas dejaron de ser lienzos y se transformaron en ventanas a distintos paisajes, suavemente animados de movimiento, que comunicaban una enormidad de sentido. Pasar de uno a otro era recorrer universos completos en sí mismos, una inefable inmersión en épocas y climas espirituales pasados que de repente estaban allí, vivos en sus más mínimos detalles, ofrecidos como se ofrece el día a quien abre el balcón de su cuarto, con los sonidos, aromas y brisas del momento.
Inmóviles estábamos -con lágrimas de alegría ante tanta belleza-, cuando llegó la hora del cierre. Supongo que ver personas conmovidas estéticamente explicó la solicitud de los celadores, pues si no me equivoco tuvieron que ayudarnos a hacer buena parte del camino hacia la salida. Mientras bajábamos a cámara muy lenta la larga escalinata del museo, asidos como podíamos al pasamanos, me pareció ver un destello de ironía/comprensión en los porteros. Entramos con dificultad en el coche -conscientes de que ninguno sería capaz de conducir-, y allí pasamos todo el resto de la tarde y la noche, aguantando en silencio sucesivas visiones, hasta que amaneció. Aunque la experiencia fue en rasgos generales muy enriquecedora, creo que estuvimos al borde de un serio envenenamiento. Sin embargo, dormir diez horas nos repuso satisfactoriamente.
Por lo que respecta al THC en sí, fue un misterio hasta mediados de este siglo, pues los químicos buscaban como principio activo del cáñamo un alcaloide, y el tetrahidrocannabinol -falto de nitrógeno en su molécula- no lo es. Su síntesis resulta barata, pero faltan todavía estudios fiables sobre toxicología y efectos subjetivos. Los únicos realizados legalmente hasta ahora, patrocinados por el NIDA (Instituto Nacional para el Abuso de Drogas) norteamericano, carecen de objetividad; intentando probar que la marihuana resulta adictiva y productora de demencia, los investigadores usaron THC en dosis muy altas -equivalentes en algunos casos a cincuenta o cien cigarrillos de una sola vez-, con sujetos no preparados para la magnitud del efecto. Las consecuencias incluyeron episodios de pánico, e intoxicaciones de diversa consideración. Sin embargo, juzgar los efectos de la marihuana fumada por los efectos de THC administrado oralmente equivale a juzgar los efectos de un tinto riojano por los efectos del éter etílico. Como solamente esta investigación ha sido autorizada por ahora, seguimos sin progresar en la psicofarmacología del tetrahidrocannabinol. No he tenido ocasión de experimentar con la sustancia, y si alguna vez lo hiciera sería -desde luego- con el mismo respeto que empleo para la LSD y sus afines. Por otra parte, todos los indicios sugieren que posee una toxicidad bastante superior a la de sus análogos.
BIBLIOGRAFÍA
ESCOHOTADO, A. Historia General de las Drogas. Pág. 1317-1325. Ed. Espasa, 2005
Desde la web de Antonio Escohotado
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Las rutas del narcotráfico
Curioso artículo en el que se apuntan varias posibles rutas del tráfico ilícito de drogas.
La noticia en el diario Público.
¿Cuánta droga entra en España?. El comisario Ricardo Toro, máximo responsable del Grupo de Respuesta Especial contra el Crimen Organizado (GRECO) de la Policía, se encoge de hombros y reconoce que ese dato es imposible de conocer. “Lo que sí sabemos es que interceptamos mucha”. El pasado año, por ejemplo, 682 toneladas de hachís, casi 28 toneladas de cocaína, cerca de 550 kilos de heroína, más de medio millón de pastillas de éxtasis…, según los datos del Ministerio del Interior. “Y este año las cifras van a ser mayores”, vaticina este veterano policía cuyos 130 agentes se han convertido en el mayor azote del narcotráfico por el número de droga intervenida, de redes desarticuladas y de traficantes detenidos.
En la otra punta de Madrid, en una enorme sala repleta de ordenadores, decenas de analistas de la Guardia Civil revisan todos y cada uno de los datos que les llegan sobre delincuencia para que sus compañeros operativos, los que están a pie de calle, puedan actuar más eficazmente contra ella. Entre ellos está el capitán Pedro Borreguero, uno de los responsables de mirar con lupa todo lo que se mueve alrededor del mundo de los estupefacientes. “España sigue siendo un eslabón clave en el narcotráfico, sobre todo para la cocaína y el hachís que van rumbo hacia Europa”, señala, aunque inmediatamente añade una novedad detectada en los últimos tiempos: “Hasta hace poco, la Península era punto de destino de las drogas de diseño. La que llegaba, como pasa con la heroína, era para ser consumida aquí. Sin embargo, ya hemos detectado partidas de pastillas en España cuyo destino final era EEUU y, sobre todo, Brasil”, detalla.
Este es, quizás, uno de los últimos cambios detectados en las transitadas rutas que dibuja el narcotráfico en el mapa. Auténticas autopistas cuyos carriles, como demuestra la experiencia, cambian de trazado en ese perenne juego del ratón y el gato al que se desafían narcos y policías a diario. “A grandes rasgos, las rutas siguen siendo las mismas de los últimos años”, añade el capitán Borreguero. A saber: la cocaína parte de Suramérica y se embarca en buques nodrizas que acercan los alijos hasta un punto determinado del Atlántico, donde es recogida por lanchas que la llevan hasta la costa. “Así llega a España el 65% de esta droga”, estima este guardia civil ¿Y el resto? Un mínimo porcentaje viaja en los equipajes o en el propio cuerpo de las mulas, pequeños traficantes contratados por 5.000 euros para hacer la parte más arriesgada del camino, la de cruzar las fronteras.
El “gancho ciego”
Más importante es el papel que juegan ahora los contenedores. Hasta un 20% de la droga viaja ya en ellos en largas travesías que se inician en muelles de Ecuador, Venezuela o Argentina y cuyo destino final son los puertos de Vigo, Algeciras y Valencia, en los que el gran trasiego de mercancías complica enormemente el control policial. “Este sistema va en aumento”, apunta el jefe del GRECO, quien hace especial hincapié en el sistema bautizado como “gancho ciego”. En él, las bandas consiguen colar partidas con varias decenas de kilos en contenedores que llevan mercancía legal. “Tienen contactos en los puertos de destino que extraen el alijo y que sustituyen los precintos rotos por otros nuevos. De este modo, la empresa que lo fletó ni se entera que su cargamento ha cobijado cocaína”, detalla el comisario Toro.
Su colega de la Guardia Civil coincide con él y, además, apunta una nueva ruta aún sólo intuida por las policías europeas. Existe la sospecha de que los narcos colombianos han decidido desviar parte de los alijos que hasta ahora intentaban introducían en España hacia el puerto rumano de Constanza, en el Mar Negro, que ha comenzado a registrar un importante movimiento de contenedores. “Es sólo una sospecha recalca el experto, pero esta ciudad tiene muchas papeletas para ser la nueva puerta de entrada de cocaína en Europa“.
En 2004 se empezó a hablar también de una ruta africana, del intento de los cárteles colombianos de burlar el control sobre el Atlántico norte desviando grandes cargamentos por la antigua ruta de los esclavos hacia las costas del Golfo de Guinea. Barcos, veleros e, incluso, aviones que se vacían por completo para que puedan acoger más cantidad de cocaína emprenden una larga travesía hasta países como Guinea Bissau, donde la corrupción es mucho más potente que el poder del propio Estado.
Desde allí, la droga debe realizar el último salto hacia Europa por nuevas rutas. ¿Cuáles? El capitán Borreguero reconoce que hay muchas sospechas y pocas certezas en este sentido. Una de estas últimas, la red colombiana desbaratada en diciembre de 2005 cuando un avión bimotor cargado con 106 kilos de cocaína que fue interceptado en un aeródromo de Segovia. Había despegado, precisamente, de Guinea Bissau. Entre los expertos existe el temor de una futura alianza entre los traficantes marroquíes y los cárteles colombianos de la droga para utilizar las actuales rutas del hachís en el transporte de la 30 veces más rentable cocaína. Un temor que se acrecienta cuando se habla de avionetas y helicópteros, dos de los transportes que últimamente han empezado a detectarse cargados de hachís y que cada vez despegan desde más al sur, incluso desde Mauritania.
En esta zona del mapa, de hecho, la autopista que manda sigue siendo la que dibuja el hachís. Lanchas, veleros, pesqueros, camiones, avionetas, dobles fondos en sitios imposibles… todo sirve para intentar colar una droga que en el corto trayecto que hay entre Marruecos y la Península multiplica casi por diez su valor: de 100 euros el kilo en origen a los 800 o 900 euros una vez descargado en España.
Un negocio rentable que explica, por ejemplo, que en ocasiones las redes manden a la vez numerosas gomas nombre que reciben los lanchas neumáticas cargadas cada una de ellas con más de 1.000 kilos. Saben que, gracias a los radares del SIVE (Sistema Integrado de Vigilancia Exterior), las Fuerzas de Seguridad lograrán interceptarán algunas de ellas, pero también saben que no cuentan con efectivos para hacer frente a este tipo de avalanchas. “Les compensa perder una parte”, reconoce el oficial de la Guardia Civil.
En otras ocasiones, intentar burlar la presión policial alargando la ruta. Ya se ha detectado desembarcos de hachís en el Delta del Ebro, en Girona, en Portugal e, incluso, Marsella (Francia). Y en el río Guadalquivir, donde se aprovechan de la dificultad que encuentra la Policía para moverse en el Parque Nacional de Doñana. El día de la conversación con el comisario Toro, sus hombres ultiman dos operaciones y el teléfono no deja de sonar para recibir instrucciones y dar novedades. En una de ellas le comunican que ha habido suerte. Una goma cargada con hachís ha caído en el cauce andaluz. Hay tres detenidos. “Todas las semanas hay alguna incautación importante de droga”, reconoce.
Las otras drogas mueven en España cantidades mucho menores. La heroína, controlada por clanes turcos, emprende largos caminos desde Afganistán por las tres rutas terrestres y una marítima que atraviesan Europa de Este a Oeste. Otras veces, vuela en el equipaje de mulas que parten de Pakistán y la India rumbo, principalmente, al aeropuerto de El Prat de Barcelona. E, incluso, emprenden un largo rodeo que la lleva a Somalia y, de ahí, a Nigeria antes de que las cada vez más potentes bandas de este país africano monten hasta a 30 correos en un mismo avión rumbo a Europa, muchas veces con escala en Casablanca (Marruecos).
Las drogas de diseño lo tienen mucho más fácil. Holanda sigue siendo el productor del 90% de estas sustancias. La carretera es su camino habitual, incluso para la que viene de países más al Este, como Polonia y Chequia, cuyos narcos parecen querer hacer la competencia a los de los Países Bajos. No es la única novedad. Algunas sustancias, como la Ketamina o el GHB, parten de sitios tan lejanos como China o la India. Nuevas autopistas que comienzan a dibujarse en los mapas.


