Legalicemos. Colombia

Últimamente van apareciendo más artículos de opinión que hablan sobre la legalización de las drogas, España, Colombia, Ecuador… Un artículo más en el que se expone el asunto del narcotráfico y la riqueza de unos, con respecto a la pobreza y marginación de los otros.

EN EL BRONX

Legalicemos

Cristian Valencia. Columnista de EL TIEMPO.

 

Nadie parece ver la relación de las ‘ollas’ de las duras calles con los grandes capos y los grandes bancos.

Esto es el Bronx: el más oscuro rincón del Bronx. Entre penumbras se vende droga. Entre basura maloliente se comercia bazuco y cocaína. Y los negocios son oscuros porque el negocio es ilegal. Hordas de desdichados bazuqueros asisten diariamente al Bronx. No el de Nueva York, aunque también asistan a sus «ollas» un poco de personas con ganas de drogarse. Hablo del Bronx en Bogotá, el de Los Mártires, el que queda a una cuadra de un poderoso batallón del Ejército y a seis cuadras del Palacio de Nariño. Cosa que lanza la pregunta al aire como al descuido: ¿de qué se trata la guerra al narcotráfico?

¿Exactamente qué persiguen? ¿Es verdad que quieren evitar que la gente se drogue? O será que persiguen los billetes que produce el negocio ilegal. Que, por cierto, produce tanto justamente por su condición de ilegal, de clandestino.

Supongo que en Madrid y en París, en Hamburgo y en Berlín, en Londres y en Nueva York, Miami y San Francisco también se vende droga ilegal a escasos metros de la policía, del establecimiento. Y esos billetes que van a parar a la olla darán la vuelta muy rápido. Rápido estarán en los bolsillos de capos chiquitos y grandes; y rápido entrarán al sistema bancario. A uno de esos bancos suizos, por ejemplo, que tienen licencia para recibir sin preguntar. Esos billetes ajados de las calles de todas las capitales del mundo se demoran poco en llegar a los bolsillos de los grandes traficantes.

Quizá usted haya inhalado o inhale cocaína. Y quizá usted sea de los que odian todo lo que tenga que ver con el narcotráfico. Detesto profundamente la estética del traqueto. Pero usted no ha reparado en su propio juego de doble moral. Por un lado, alimenta el negocio y, por el otro, lo señala como maldito. Esos 50 mil o 100 mil que usted entrega a su jíbaro de confianza demorarán a lo sumo diez días para estar en los bolsillos del «traqueto mayor», quien con esas platas de las calles tristes comprará armas y pagará parte de un ejército ilegal y desplazará campesinos a la fuerza y prostituirá muchas jóvenes y elevará el costo de las viviendas y muchas cosas más que no son buenas.

Y tarde o temprano, esa plata de las miserables calles de todas las capitales del mundo entrará al conspicuo sistema bancario mundial. Y nadie parece ver la estrecha relación que existe entre las ollas de las duras calles y los grandes capos y los grandes bancos.

Evite, pues, que su dinero vaya a parar a los bolsillos de los grandes capos que financian la guerra. En las condiciones actuales, si usted compra un gramo, usted compra una bala. Así que si tiene algún poder de generar opinión, dígalo: legalicen. Si ocupa un cargo en el Gobierno, también dígalo. Y que lo digan los de Londres, París, Nueva York, Tokio, Madrid y San Francisco. De otra manera, es imposible acabar con este macabro negocio, fabricante de tantas muertes, cuya condición de ilegal dispara todos los vicios del conflicto en Colombia.

Nosotros ponemos los muertos por esa plata callejera, y el mundo desarrollado provee los yates y la buena vida que se puede comprar con esa plata callejera, la de las calles duras.

Si fuese legal, la droga sería un problema de salud pública. Y los campesinos cocaleros no serían perseguidos ni tendrían que hacer barricadas en las carreteras ni se fumigaría con veneno la selva ni habría dinero para financiar ejércitos ilegales. Se extirparía de un tajo la principal causa de la maldita guerra que vivimos desde hace tantos años.

Porque la ilegalidad aparente del comercio de la droga es sospechosa. Son las calles las que proveen los grandes billetes y no se combate porque a nadie le importa quién consuma. Parece ser que el mundo persigue únicamente los billetes grandes, dejando que el fenómeno crezca hasta que haya millones para actuar punitivamente.

Mientras tanto, esto sigue siendo el Bronx, a seis cuadras de Palacio, y a una del batallón.

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